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Construyendo Cantori: la red que los músicos de la Iglesia merecen

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Todo director de música ha vivido el mismo sábado por la noche.

Tu cantor llama a las ocho con fiebre. El carro de tu organista no arranca y el taller no abre hasta el lunes. Faltan catorce horas para el domingo y estás de pie en la cocina, revisando el teléfono, escribiéndoles a seis personas que quizá no respondan, con la esperanza de que alguna esté libre y conozca los propios.

Algunos hemos vivido esa noche decenas de veces. Nos reímos de ella en los congresos. Contamos las historias como las enfermeras cuentan historias de la sala de emergencias. Pero quiero decir algo sobre esa noche que normalmente no decimos en voz alta, porque he llegado a creer que es el hecho más importante de la música sacra en este país.

Esa noche no es un problema de horarios. Es un problema de justicia.

El techo que nadie ve

Me explico.

Cuando tu cantor cancela, que tu parroquia cante bien a la mañana siguiente depende exactamente de una sola cosa: a quién conoces. No de tu formación. No de tu criterio. No de tu oído, tu biblioteca ni tus años de estudio. No de la fe de tu gente ni de la belleza de tu templo. Solo de tus contactos.

Si diriges la música en una parroquia grande y bien financiada de la ciudad, tienes contactos. Conoces a tres sopranos que leen canto gregoriano. Conoces a dos organistas que transportan a primera vista y a un trompetista que hará la Vigilia Pascual por un precio justo. Construiste esa lista a lo largo de quince años, y es lo más valioso que posees profesionalmente.

Si diriges la música en una parroquia pequeña, en una misión, en una parroquia rural, en una parroquia hispanohablante donde el presupuesto de música es lo que sobra después del techo y la caldera, no tienes casi nada de eso. Puede que seas el único músico formado en treinta millas a la redonda. Puede que no tengas formación alguna; puede que seas la persona que se ofreció porque nadie más lo hizo. Tienes un himnario, un teclado que necesita afinación y una congregación que cantaría cualquier cosa que le enseñaras, si tan solo hubiera alguien que se lo pudiera enseñar.

Ahí está el techo. Dos parroquias con la misma fe, el mismo deseo y liturgias igualmente hermosas. Una canta a Victoria el Viernes Santo. La otra canta los mismos cuatro himnos que canta desde 1987. La diferencia entre ellas no es santidad, ni talento, ni esfuerzo. La diferencia es una lista de teléfonos.

Nunca he podido hacer las paces con eso. Creo que ninguno de nosotros debería.

La otra mitad del problema

Ahora demos vuelta a la cosa, porque la injusticia corre en las dos direcciones.

Hay músicos formados en cada diócesis de este país que servirían con gusto a la Iglesia y no tienen idea de dónde está el trabajo. Organistas que estudiaron durante años y ahora tocan en bodas de desconocidos porque ninguna parroquia los llamó nunca. Cantantes capaces de leer a primera vista una línea de Palestrina que pasan los domingos en la banca, sin saber que una parroquia a veinte minutos los necesita desesperadamente desde Adviento. Jóvenes que terminan carreras en música sacra con verdadero talento y sin mapa alguno.

No están escondidos. Nadie les ha dicho a dónde ir.

Así que tenemos parroquias hambrientas de músicos y músicos hambrientos de parroquias, separados por nada más que la ausencia de un lugar donde encontrarse. Todo el ecosistema funciona a base de cadenas de correos, grupos de Facebook, el radio pasillo diocesano y la buena voluntad de quien casualmente conoce a alguien. No es un sistema. Es una costumbre que confundimos con un sistema porque es lo único que hemos tenido.

Lo que construí

Cantori es la red que ya debería haber existido.

Para los directores, sustituye la lista de teléfonos por algo mejor que una lista de teléfonos. Buscas en un registro real por tipo de voz, por dominio del canto gregoriano, por rito litúrgico, por la distancia que alguien está dispuesto a manejar. Encuentras a un cantor que de verdad ha cantado la Forma Extraordinaria, o a un organista que de verdad ha acompañado una Misa en español, porque son destrezas distintas y la búsqueda debería saberlo. Contratas para un solo funeral o para todo el año litúrgico. Los contratos son digitales. La nómina corre por Stripe. Los formularios 1099 se generan solos, lo que significa que esa semana de enero que antes perdías en una hoja de cálculo ahora es una semana que pasas con la partitura.

Quiero ser claro sobre por qué importa el lado administrativo, porque suena poco espiritual y no lo es. Cada hora que un director pasa persiguiendo a un suplente, cuadrando un pago o rehaciendo un calendario después de una sola cancelación es una hora que no pasa con la música. Multiplícalo por un año y habrás perdido en papeleo el equivalente a toda una temporada de ensayos. El papeleo no es una distracción de la vocación. El papeleo es lo que se está comiendo la vocación.

Para los músicos, Cantori es un lugar donde ser encontrados. Construyes un perfil real: tu tipo de voz, tu experiencia en canto gregoriano, el repertorio que de verdad conoces, los ritos en los que de verdad has servido. Los directores te encuentran. Te llaman para Misas, bodas, funerales y conciertos. Y te pagan a tiempo, a través de la plataforma, en lugar de perseguir un cheque por tres parroquias durante dos meses y sentirte un limosnero por pedirlo.

Para los coros y las scholas de voluntarios, y esta es la parte que más me importa, Cantori ofrece las mismas herramientas sin el precio de entrada. Calendarios. Partituras compartidas. Asistencia. Encuestas de disponibilidad que acaban con el grupo de mensajes del purgatorio. La schola parroquial de voluntarios es la columna vertebral del canto congregacional en la mayor parte del país. Es la manera en que la inmensa mayoría de los católicos escucha música en la Misa de verdad. Y hasta ahora nadie había construido una sola herramienta seria para ella, porque no había dinero en eso. Precisamente por eso hacía falta construirla.

Luego está Aria, nuestra asistente que entiende de liturgia. Aria te ayuda a planificar el repertorio de una celebración, a consultar la dicción latina y a armar el esquema de una Misa o un servicio. Está construida para consultar fuentes reales en lugar de inventar cosas, lo cual importa más de lo que parece. Una herramienta que recomienda con toda confianza un motete que no existe es peor que ninguna herramienta, porque le hace perder el tiempo justamente a la persona que no tiene ni un minuto.

Universal en todo el sentido de la palabra

Una cosa más, y para los lectores de este blog quizá sea la más importante.

Cantori no es una herramienta para la Misa tradicional en latín, aunque sea ahí donde yo sirvo. No es una herramienta para un solo tipo de parroquia, con un solo tipo de presupuesto, que canta un solo tipo de música.

La plataforma sirve a la Forma Ordinaria y a la Forma Extraordinaria. Al Uso Anglicano y al Ordinariato. A los episcopales, los luteranos y los bizantinos. Está construida para entender las distinciones que le importan a cada rito, en lugar de aplanarlas en una categoría genérica de «música de iglesia» que no le sirve bien a nadie.

Eso incluye a la parroquia hispanohablante, y no lo digo como algo secundario. Un director que planifica una Misa con un coro y una guitarra hace exactamente el mismo trabajo que un director que planifica una Misa solemne con schola y órgano: escoger la música que corresponde al día, encontrar a quienes puedan cantarla, enseñarles, pagarles y lograr que todos entren al templo a tiempo. El mismo oficio. Materiales distintos. Ambos merecen herramientas que los tomen en serio.

Yo hablo español. He visto lo que ocurre cuando a una congregación hispanohablante se la trata como un programa secundario y no como una parroquia: se le da el horario que sobra, el presupuesto que sobra y los instrumentos que sobran. Esas congregaciones suelen ser las que cantan más fuerte y las que más lo desean. Son exactamente para quienes esto existe.

Por qué lo hice

Construí Cantori porque he sido el director en esa noche de sábado. Porque dirijo el Instituto Mariano de Música Sacra, cuyo propósito entero es servir a las parroquias a las que este problema golpea más fuerte, y me cansé de enseñarle a la gente a construir programas mientras las herramientas que necesitaban no existían. Porque el tesoro musical de la Iglesia no es una reliquia de familia para las parroquias que pueden pagar un equipo. Le pertenece a toda congregación que quiera cantar.

La plataforma está en fase beta en cantori.app. Si eres director en una parroquia que va a duras penas, un músico al que nadie ha llamado, o un voluntario que sostiene una schola con un grupo de mensajes y una oración, preferiría saber de ti antes que de casi nadie.

Ven a construirla con nosotros. Los músicos de la Iglesia merecen una red. Ya es hora de que alguien la haga.

 

Guillermo Pasarin es Director de Música Sacra y Director de la Schola en Mater Ecclesiae Chapel, en Berlin, Nueva Jersey, donde dirige el año litúrgico completo para una comunidad de la Misa tradicional en latín. Su programación abarca toda la amplitud del tesoro musical de la Iglesia: los propios del canto gregoriano, la polifonía renacentista y las misas orquestales de Mozart, Haydn y Palestrina, junto con ordinarios más sencillos y obras sacras contemporáneas apropiadas para el momento litúrgico.

Obtuvo su Licenciatura en Teoría y Composición Musical en Westminster Choir College, donde estudió composición y contrapunto con el Dr. Joel Phillips y se desempeñó como Maestro de Canto de los Williamson Voices y del Kantorei Early Music Ensemble. Durante más de una década ha trabajado como músico sacro, y en los últimos cinco años dentro de la Diócesis de Camden, preparando y dirigiendo la música de Confirmaciones, ordenaciones sacerdotales, Misas Crismales, Misas solemnes, Misas de Réquiem y las liturgias del Triduo Pascual en parroquias de toda la región.

Guillermo compone y arregla obras para schola, coro, órgano y conjuntos instrumentales. Es Fundador y Director del Instituto Mariano de Música Sacra, una iniciativa de formación creada para ofrecer talleres, retiros y asesoría práctica a las parroquias del sur de Nueva Jersey, sobre todo a aquellas que no cuentan con el presupuesto, el personal ni la experiencia para levantar un programa musical por su cuenta. También fundó un programa de formación de jóvenes organistas, en el que acompaña a músicos de iglesia emergentes mediante clases particulares y aprendizaje litúrgico práctico, y mantiene un estudio privado activo de canto, piano, órgano y teoría.

Es el creador de Cantori (cantori.app), una plataforma que conecta a los directores de música sacra con los cantantes, organistas e instrumentistas que necesitan, y que a la vez se encarga del trabajo administrativo (listas de músicos, programación, pagos) que impide a los directores dedicarse a aquello para lo que en realidad se formaron.

En St. Mary School, en Vineland, Nueva Jersey, enseña música desde kínder hasta octavo grado, dirige los coros estudiantiles para las Misas escolares y las producciones teatrales, y se desempeña como Administrador de Tecnología de toda la escuela.

Guillermo domina el inglés y el español, y tiene capacidad de lectura en latín, italiano y portugués. Su trabajo, en la capilla, en el aula y en el Instituto, lo anima una sola convicción: que el tesoro musical de la Iglesia pertenece a toda congregación, y que cualquier parroquia dispuesta a cantar puede aprender a cantarlo bien.

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Every music director has lived the same Saturday night.

Your cantor calls at eight o’clock with a fever. Your organist’s car will not start and the shop is closed until Monday. Sunday is fourteen hours away, and you are standing in your kitchen scrolling through your phone, texting six people who may or may not answer, hoping one of them is free and knows the propers.

Some of us have lived that night dozens of times. We laugh about it at conferences. We trade the stories the way nurses trade stories about the emergency room. But I want to say something about that night that we do not usually say out loud, because I have come to believe it is the most important fact about sacred music in this country.

That night is not a scheduling problem. It is a justice problem.

 

The ceiling nobody sees

Here is what I mean.

When your cantor cancels, whether your parish sings well the next morning depends on exactly one thing: who you happen to know. Not your training. Not your taste. Not your ear, your library, or your years of study. Not the faith of your people or the beauty of your building. Just your contacts.

If you direct music at a large, well-funded parish in a city, you have contacts. You know three sopranos who read chant. You know two organists who can transpose on sight and a trumpeter who will do the Easter Vigil at a fair rate. You built that list over fifteen years, and it is the most valuable thing you own professionally.

If you direct music at a small parish, a mission parish, a rural parish, a Spanish-language parish where the music budget is whatever remains after the roof and the boiler, you have almost none of that. You may be the only trained musician for thirty miles. You may not be trained at all; you may be the person who volunteered because nobody else would. You have a hymnal, a keyboard that needs tuning, and a congregation that would sing anything you taught them if only somebody could teach it.

So here is the ceiling. Two parishes with equal faith, equal desire, and equally beautiful liturgies. One sings Victoria on Good Friday. The other sings the same four hymns it has sung since 1987. The difference between them is not holiness or talent or effort. The difference is a phone list.

I have never been able to make peace with that. I do not think any of us should.

The other half of the problem

Now turn the thing around, because the injustice runs in both directions.

There are trained musicians in every diocese in this country who would gladly serve the Church and have no idea where the work is. Organists who studied for years and now play weddings for strangers because no parish ever called. Singers who can sight-read a Palestrina line and spend their Sundays in the pew, unaware that a parish twenty minutes away has been desperate for them since Advent. Young people finishing degrees in sacred music with real skill and no map at all.

They are not hiding. Nobody has told them where to go.

So we have parishes starving for musicians and musicians starving for parishes, separated by nothing but the absence of a place to find each other. The whole ecosystem runs on email chains, Facebook groups, the diocesan grapevine, and the mercy of whoever happens to know somebody. It is not a system. It is a habit we mistook for a system because it is all we have ever had.

What I built

Cantori is the network that should have existed already.

For directors, it replaces the phone list with something better than a phone list. You search a real roster by voice type, by chant proficiency, by liturgical rite, by how far someone is willing to drive. You find a cantor who has actually sung the Extraordinary Form, or an organist who has actually accompanied a Misa in Spanish, because those are different skills and the search should know that. You hire for a single funeral or for the whole liturgical year. Contracts are digital. Payroll runs through Stripe. The 1099s generate themselves, which means the week in January that you used to lose to a spreadsheet is now a week you spend on the score.

I want to be plain about why the administrative side matters, because it sounds unspiritual and it is not. Every hour a director spends chasing a substitute, reconciling a payment, or rebuilding a schedule after one cancellation is an hour not spent on the music. Multiply that across a year and you have lost a season’s worth of rehearsal to paperwork. The paperwork is not a distraction from the vocation. The paperwork is what is eating the vocation.

For musicians, Cantori is a place to be found. You build a real profile: your voice type, your chant experience, the repertoire you actually know, the rites you have actually served. Directors find you. You get called for Masses, weddings, funerals, and concert work. And you get paid on time, through the platform, instead of chasing a check across three parishes for two months and feeling like a beggar for asking.

For volunteer choirs and scholas, and this is the part I care about most, Cantori gives the same tools without the price of admission. Schedules. Shared sheet music. Attendance. Availability polls that end the group text from purgatory. The volunteer parish schola is the backbone of congregational song in most of the country. It is how the vast majority of Catholics actually hear music at Mass. And until now, nobody had built a single serious tool for it, because there was no money in it. That is precisely why it needed building.

Then there is Aria, our liturgy-aware assistant. Aria helps you plan repertoire for a given celebration, look up Latin diction, and build an outline for a Mass or a service. She is built to consult real sources rather than invent things, which matters more than it might sound. A tool that confidently recommends a motet that does not exist is worse than no tool at all, because it wastes the time of the exact person who has none to spare.

Universal in every sense

One more thing, and for the readers of this blog it may be the most important.

Cantori is not a Traditional Latin Mass tool, even though that is where I serve. It is not a tool for one kind of parish with one kind of budget singing one kind of music.

The platform serves the Ordinary Form and the Extraordinary Form. Anglican Use and the Ordinariate. Episcopal, Lutheran, and Byzantine. It is built to understand the distinctions that matter to each rite rather than flatten them into a generic «church music» category that serves nobody well.

That includes the Spanish-speaking parish, and I do not mean as an afterthought. A director planning a Misa with a coro and a guitar is doing exactly the same work as a director planning a Solemn High Mass with a schola and an organ: choosing music that fits the day, finding people who can sing it, teaching them, paying them, and getting everyone into the church on time. Same craft. Different materials. Both deserve tools that take them seriously.

I speak Spanish. I have watched what happens when a Spanish-language congregation is treated as a secondary program rather than a parish, given the leftover time slot, the leftover budget, and the leftover instruments. Those congregations are often the ones that sing the loudest and want it the most. They are exactly who this is for.

Why I did it

I built Cantori because I have been the director on that Saturday night. Because I run the Marian Institute for Sacred Music, whose whole purpose is serving the parishes this problem hits hardest, and I got tired of teaching people to build programs while the tools they needed did not exist. Because the treasury of the Church’s music is not an heirloom for the parishes that can afford a staff. It belongs to every congregation that wants to sing.

The platform is in beta now at cantori.app (click here). If you are a director at a struggling parish, a musician nobody has called, or a volunteer holding a schola together with a group text and a prayer, I would rather hear from you than from almost anyone.

Come build it with us. The Church’s musicians deserve a network. It is long past time somebody made one.

 

Guillermo Pasarin is Sacred Music Director and Schola Conductor at Mater Ecclesiae Chapel in Berlin, New Jersey, where he directs the full liturgical year for a Traditional Latin Mass community. His programming spans the breadth of the Church’s treasury: Gregorian chant propers, Renaissance polyphony, and the orchestral Mass settings of Mozart, Haydn, and Palestrina, alongside simpler ordinaries and contemporary sacred works suited to the liturgical moment.

He holds a B.A. in Music Theory and Composition from Westminster Choir College, where he studied composition and counterpoint under Dr. Joel Phillips and served as Chant Master of the Williamson Voices and the Kantorei Early Music Ensemble. For over a decade he has worked as a sacred musician, and for the past five years within the Diocese of Camden, preparing and conducting music for Confirmations, priestly ordinations, Chrism Masses, Solemn High Masses, Requiems, and Triduum services across parishes throughout the region.

Guillermo composes and arranges for schola, choir, organ, and instrumental ensembles. He is Founder and Director of the Marian Institute for Sacred Music, a formation initiative built to deliver workshops, retreats, and hands-on consulting to parishes across South Jersey, specifically those without the budget, staff, or expertise to build a music program alone. He also founded a young organist development program, mentoring emerging church musicians through private lessons and liturgical apprenticeship, and maintains an active private studio in voice, piano, organ, and theory.

He is the creator of Cantori (cantori.app), a platform that connects sacred music directors with the singers, organists, and instrumentalists they need, while handling the administrative work (rosters, scheduling, payment) that keeps directors from doing what they were actually trained to do.

At St. Mary School in Vineland, New Jersey, he teaches K–8 music, directs student choirs for school Masses and theatrical productions, and serves as school-wide Technology Administrator.

Guillermo is fluent in English and Spanish, with reading proficiency in Latin, Italian, and Portuguese. His work, in the chapel, the classroom, and the Institute, is animated by a single conviction: that the Church’s musical treasury belongs to every congregation, and that any parish willing to sing can be taught to sing it well.